lunes, 18 de julio de 2016

Contra todos los males de este mundo

Vamos a buscar
al enorme dragón
a su morada entre las ruinas de oro.

La noche nos guía
al sol se asomará
y al volverse 

lo obligaremos 
a dar su corazón
a dar el antídoto
contra todos los males de este mundo.

Vamos a buscar
aquel viejo tiburón
a las profundidades del mar de la sangre.

La marea misma
nos guiará
y al cambiar
lo obligaremos 

a dar su dirección
a dar en antídoto
contra todos los males que hay aquí.

Vamos en procura
de un genio tirador
que pruebe con nosotros o busquemos la forma
de algo que nos cure la preocupación
algo que nos sirva
contra todos los males de este mundo.


Spinetta, 1981

jueves, 14 de julio de 2016

qué libro inmensamente sanador es Hasta que puedas quererte solo, de Pablo Ramos. no entiendo por qué no llegué antes a su literatura, por qué nadie me lo recomendó. por qué por qué por qué.

ayer en la escuela hubo una jornada sobre bullying. cuántos chicos pasan por eso y sufren tanto. es difícil. es una crueldad muy inherente a una parte del espíritu humano, algo de su oscuridad sin resolver ni asumir. después de conversar y de ver algunos videos, cada año tenía que hacer un afiche en el que sintetizaran lo que habían elaborando personal y grupalmente sobre este tema. me tocó estar con los chiquitos de primer año. su idea: recortaron de revistas a muchas personas, todas distintas, de distintas edades, colores, formas corporales, nacionalidades, e hicieron una especie de mar de gente. arriba, pusieron con letras gordas: Más respeto Menos maltrato. entre todas esas personas que recortaron de revistas viejas, había una foto de Fernanda Laguna, en el balcón de su casa, lleno de hojas secas de otoño, con calzas de leopardo, ojotas con medias, haciendo anteojos sobre su cara con sus manos. no me imagino una imagen mejor para representar a los poetas: tapados por la naturaleza, gestualizando entre las personas.

miércoles, 13 de julio de 2016

viernes, 8 de julio de 2016

Bicentenario de la independencia

La Patria


Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.

Pobres negros.

Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.

Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.

Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

Julio Cortázar

domingo, 3 de julio de 2016

dos películas

que vi y me encantaron, durante este fin de semana de lluvia:


Recuerdos de Serge


El jardín secreto 




Encenderé un fuego
Belén Iannuzzi
La Carretilla Roja
¿Es una promesa, una advertencia, una intención? Las intenciones integran el nuevo libro de poemas de Belén Iannuzzi (Buenos Aires, 1979). “Intención del día: no dejarme vencer por la melancolía/ Intención de la semana: juntar plantas y flores/ Intención del mes: amanecer con el primer sol/ Intención del año: subir la quebrada/ Intención de la vida: abrigarme”, se lee en “La quebrada”, uno de los diez poemas de Encenderé un fuego. La naturaleza funciona en ese y en otros poemas como un modelo de asociaciones, de sentidos aparentes y ocultos, de funciones. La noche es un jinete, la arcilla suaviza el corazón, la acidez dulce de la hiedra pesa y libera. “Escribo el desplazamiento,/ avanzo”: esa fórmula (enunciada en el poema “La montaña”) describe por aproximación la escritura de Iannuzzi. También el cuarto verso del poema “El jardín”: “Escribir, la flecha”. 
“Siento que la relación entre mi escritura y la naturaleza viene dada a partir de otra relación más grande, que es la relación de todo ser vivo con su ecosistema, por llamarlo de alguna manera –dice Iannuzzi−. Nosotros, los hombres, que estamos en este mundo tan extraño, tenemos, entre otras cosas, la palabra. Hay algo importante para mí en esta relación: no me interesa el paisaje sin el hombre, sino el hombre que lo atraviesa y lo dice. No una poesía del paisaje, sino una poesía del hombre transitando su vida en él.” En los poemas, presentados como escenarios donde transcurre una transformación, se revelan instancias de ese proceso a la manera de un razonamiento con acotaciones simples. En el poema final, “Hiedra al sol”, un ecosistema de hormigas y raíces, flores de un jazmín paraguayo y baldosas restituye una familia del pasado. Encenderé un fuego invoca la melancolía sin acto de rendición.
La experiencia del entorno alimenta el fuego del poema. Iannuzzi recuerda un verso de Kathleen Raine: “El poema es un espíritu y yo lo haré encarnar”. ¿Cómo se encarna en el poema? “A mi modo de ver, la poesía transmite experiencia cuando tiene dentro de sí cierto grado de verdad –dice la autora−. Pienso en un poema que lo ejemplifica con mucha hondura y pureza, ‘Tiempo del hombre’, de Atahualpa Yupanqui. Ojalá yo pudiera ser una unidad tan orgánica con mi poesía. Las experiencias que puedo transmitir, y en el mejor de los casos lo haga, son las preguntas filosóficas más existenciales que se hacen las personas, pero a la vez las más concretas y cotidianas, en tanto las determinan: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, quién nos creó, por qué, qué hacemos entonces con todo esto.”
A partir de su libro anterior, Los que tienen fe, la escritura de Iannuzzi se volvió más reflexiva. Los episodios domésticos o sociales se filtran ahora por una conciencia tímida, ávida de aprendizaje y metódica, que avanza por el camino de la emoción. “En mis tres primeros libros miraba el mundo con admiración y extrañeza y de ahí surgían los poemas, y eran de algún modo ‘poemas exteriores’ −señala−. Ahora la mirada está puesta en mi interior, como si la contemplación hubiera dado una vuelta y posado su foco de atención en otro paisaje más íntimo y misterioso o delicado. Nunca para mí la poesía es una elección consciente, sino que es un proceso que va ocurriendo y que cuando ya está sedimentado dentro de mí puedo escribir o ir adivinando. Todo este proceso no puede darse sin la presencia de los otros.” En Encenderé un fuego el mantra del futuro tuerce el destino: “Trabajaré la tierra cada día/ y así mi corazón se volverá fértil/ cada día/ cada día”.
Daniel Gigena en Revista Lúcuma