viernes, 24 de mayo de 2013

arteBA 2013

“No hay razón para sufrir”, se lee en un cartel impreso en blanco y negro en papel de diario. “Vamos a transar a la camuchi”, escrito con letra despareja en una hoja recortada y pegada con cinta bifaz a una pared. “El arte político paga lo necesario”, resaltan letras dispares en rojo furioso sobre una pared blanca. “Militantes”, flamea una bandera colgada en el Barrio Joven. “Una rosa es una rosa es una rosa”, se lee la voz de Gertrude Stein en una repetición constante dentro de una pantalla de led.
La proliferación de estímulos visuales y sonoros, acumulados y desparramados entre tintineos de copas de champagne, son los encargados de darle la bienvenida a una nueva edición de ArteBA (la número 22), la ya tradicional feria de galerías de arte contemporáneo de Latinoamérica, en el predio ferial de la Rural de Palermo.   
¿Cuál es el discurso teórico del arte contemporáneo? ¿Cuáles son sus apuestas reales? ¿Qué tipo de relaciones establece el arte con la sociedad y la cultura de su época? Éstas son algunas preguntas que puede hacerse el visitante que recorra la feria con mirada antropológica o que recuerde la época de los happenings y las performances de Fluxus. Lo cierto es que además de fragmentado, conceptual, lúdico, el arte contemporáneo se vale de la ironía y la repetición para establecer con claridad una postura política, una mirada crítica con respecto a la contemporaneidad.

La mirada
Un ejemplo interesante de este ejercicio es la propuesta de la Galería Temporal, un proyecto de los chilenos Ángela y Felipe Cura, quienes intervienen vidrieras de negocios en galerías comerciales de 1900 en Santiago de Chile, en estado de decadencia y abandono. El trabajo de los trasandinos se destaca por la novedad de atraer hacia la obra de intervención en un espacio no tradicional a un público no habituado o casual, que no necesariamente va al contacto directo con las piezas; por el contrario, éstas irrumpen en su vista. En el paisaje comercial, las obras dialogan con oficinas, cafés, peluquerías, agencias de turismo, últimos bastiones del siglo pasado. Y es en este sentido que la Galería Temporal establece su mirada política: marca la diferencia entre todo lo que significa un espacio de contemplación de obras de arte al que accede una elite que visita exhibiciones con cierta frecuencia y un espacio de tránsito libre y público. En simultáneo, además, propone una mirada sobre el circuito de circulación del capital en la edad moderna.

El artista está presente

En un rincón de una galería del Barrio Joven, salen brazos con botellas de agua de adentro de una estructura de madera de aglomerado. Una de las manos comienza a volcar agua en el suelo y sobre los pies de los espectadores. Justo enfrente, de cuclillas en el piso, un senegalés dispone sobre un paño de terciopelo joyas de fantasía y relojes dorados. El agua, el senegalés, las piezas de oro falso, ¿cuáles son los límites del arte contemporáneo? Por momentos, el espectador deja de ser un sujeto pasivo y pasa a formar parte de la obra; al menos la obra necesita de su cooperación para perfeccionarse. La obra no, el artista. El arte es entonces una expresión de las relaciones humanas y de las relaciones del hombre con el mundo. El artista se vale de la experiencia y se inserta en un vínculo con el espectador para extraer de allí “formas”. El arte replica dentro de la galería escenas del mundo contemporáneo.
Más adelante, un hombre parado en una silla alta escribe con rouge sobre su cuerpo. De fondo, un televisor repite la secuencia de imágenes de una mujer comiendo una banana.


Lo real es político

En el espacio de la galería brasileña Vermelho, se ve un loop en una pantalla: un hombre con una mochila empuja vehementemente una valla de noche frente al Palacio Legislativo. En el espacio de la galería contigua, cuelga una camisa de trabajo manchada con grasa. Se lee un bordado: “Cooperativa La Nacional”. Se ve también un número significativo de obras cuyo soporte o leitmotiv son los pesos argentinos. De dos, de cinco, de diez. Cortados, plastificados, enmarcados. Se cuelan entre obras de 2013 de Fernanda Laguna, fotos de Ignacio Iasparra. Y otros clásicos, Clorindo Testa, Karina El Azem, Fabiana Barreda.

El sujeto


Una pared de la galería House of Gaga, de México, muestra frases escritas en neones de colores, sostenidas por un suelo lleno de pelotas de tenis. Neones “alla Tracey Emin”. En el espacio de la galería Isla Flotante, reposan sobre una cama de dos plazas dibujos en lápiz negro enmarcados. Casualmente, My Bed (1999) es una de las obras más conocidas de la artista británica (que el año pasado visitó la Argentina), quien integra el grupo de los denominados Young British Artists. Está en el aire su espíritu de liberación, su rebeldía, su juego, su sinceridad, su dolor. No por casualidad la fotógrafa que hizo las tomas de esta nota también habla de ella: la conoció en Londres, donde vivió durante diez años. Cuando llegó a esa ciudad, vendía bombachas por pocas libras para juntar dinero. Tracey le compró dos y le pagó con un cheque. El agua, el senegalés, las piezas de oro falso, Tracey pagando bombachas con un cheque. ¿Cuáles son los límites del arte contemporáneo? Ahora se cruza una colegiala con un buzo celeste canguro que dice en letras bordadas “Northlands”. 







Esta nota salió en la revista Maleva, donde pueden ver la cobertura fotográfica excelente de Paula Salischiker

1 comentario:

  1. que linda nota, que ganas de haber ido a chusmear un poco.
    gracias por alentarme belen!

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